martes, 28 de junio de 2011

RECUPERACIÓN REDACCIÓN III

EXAMEN DE RECUPERACIÓN
REDACCIÓN III 28 Junio, 2011


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1.SACA UN AFORISMO DEL SIGUIENTE EDITORIAL PERIODÍSTICO
HAY unas palabras de Paul Valéry que me impresionan mucho y que, ahora, cuando reaccionamos ante la crisis económica mundial tapándonos la cara con ambas manos, igual que ante un descomunal puñetazo, no dejo de recordar: «La horrible facilidad de destruir», Ésta es quizá la lección más valiosa que podemos extraer de la historia: que el desarrollo, el progreso, la cultura... son cosas frágiles, que pueden perderse o destruirse con facilidad. No hay nada más repetido a lo largo de los siglos que el lamento pronunciado por Próspero en «La Tempestad», penúltima obra de Shakespeare:
«No he acertado a ver la vil conspiración del bruto Calibán contra la vida».
A quienes sigan creyendo que con el final de la Guerra Fría se han terminado todos los problemas, que cualquier conflicto se resuelve con una buena dosis de amable diálogo, que los avances tecnológicos traen, inevitablemente, el progreso humano, que la historia es una línea recta hacia la tierra prometida de la racionalidad y la prosperidad, habría que recordarles que vivimos alumbrados por un sinfín de mundos extinguidos.
No hay nada ganado firmemente. En los días de Augusto y Trajano, Roma tenía una población de más de un millón de habitantes y albergaba veintinueve bibliotecas públicas. A mediados del siglo V, después de las invasiones bárbaras, la ciudad del Tíber apenas contaba con treinta mil habitantes, muchos edificios estaban en ruinas, no había fondos para financiar las bibliotecas ni gente que las usara. Algo similar puede decirse de China, que durante siglos fue la civilización más refinada y avanzada del mundo. Los chinos inventaron el papel, la pólvora, la imprenta de tipos de madera, la porcelana o la idea de someter a pruebas escritas a los funcionarios públicos. Marco Polo abunda en maravillas al describir aquel Oriente de sedas, palacios y poetas. Pero después de la Edad Media, China se encerró en sí misma, orgullosa de su propia imagen, permitiendo, sin saberlo, que Occidente la rebasara y dejara cada vez más y más atrás.
Los ejemplos podrían multiplicarse hasta el infinito, tomándolos de la historia antigua y de la contemporánea, sin que dejen de resonar en nuestras mentes, como entre paredes desnudas, las palabras de Paul Valery: ¡esa horrible facilidad destruir!
Volvamos los ojos, por ejemplo, al Renacimiento, cuando el mundo se apareció a los artistas, poetas y eruditos como un nuevo paraíso, y encontró eco el grito jubiloso «Vivir es un placer». A ese grato optimismo del espíritu sucedió, ya en el siglo XVI, la barbarie sin igual de las guerras de religión. La época de Rafael y Miguel Ángel, de Leonardo da Vinci, Vives, Moro y Erasmo retrocedió hasta cometer los mismos crímenes atroces que Atila, Gengis Khan o Tamerlán.
La última vez que el mundo pasó por un periodo de soberbias ilusiones fue entre 1895 y 1914, los años previos a la Primera Guerra Mundial. En Europa y Estados Unidos se pensaba entonces que Occidente estaba en el umbral de una era sin precedentes, una fantasía de paz y prosperidad indefinidas. Nadie, en 1914, podía imaginar que estaba a punto de comenzar una apocalipsis de muerte y destrucción como no se había conocido nunca, que «la vil conspiración del bruto Calibán» iba a tragarse millones y millones de vidas, imperios, generaciones enteras. Nadie, en 1920, podía imaginar que la época narrada por Scott Fitzgerald, el fulgor del dinero y los neones publicitarios de las ciudades norteamericanas, una luz casi sonora, pues brillaba en las pistas de baile o tintineaba en el oro y las pulseras de las mujeres, daría paso al ruido y la ira de los personajes de John Steinbeck: es decir, que la euforia económica de los años veinte saltaría en pedazos tras el crack del 29.
Tenemos una gran memoria para olvidar. Ahora, que vivimos bajo el «shock» de la crisis económica mundial, nos damos cuenta de que nos hemos adentrado en el siglo XXI provistos de medias verdades, encerrados en un racionalismo provinciano e idiota, inmersos en la dulzona y gelatinosa materia de un tiempo sin peso en la realidad, sin huella en el pasado, sin alcance en el futuro.
El nuestro, se insistía, siempre con frases prefabricadas, era un mundo nuevo, un mundo de promesas y oportunidades. El pasado, y en especial, el siglo XX, con sus guerras y terremotos económicos, no tenían nada de interés que enseñarnos. Todo eso había quedado atrás, su significado estaba claro, y podíamos avanzar hacia una era nueva y mejor.
Se hablaba, por supuesto, a ciegas, expresando un deseo más que una realidad: el triunfo de Occidente, el final de la historia, el ineludible avance de la globalización y del libre mercado... Ilusiones. Falsas esperanzas. Ahora, mientras los análisis y las predicciones fracasan en cadena, algunos advierten que si los planes del G-20 para combatir el desplome no van bien, habrá furia social, populismo radical, de derechas o izquierdas.
Eso mismo es lo que pasó tras la gran depresión de 1929. Lo que en la Europa de entreguerras, zarandeada por una economía en crisis y enquistados conflictos políticos, arruinó tantas democracias. Entre ellas, la República de Weimar, cuyo hundimiento nos recuerda que la democracia es siempre un objeto delicado, y nos advierte sobre la ineptitud y temeridad de quienes, aun cargados de buenas intenciones, debieron ser más precavidos en sus juicios y comportamientos.
El final de la República de Weimar, con las plazas gritando y vitoreando a Hitler, nos parece extraño y aterrador. Pero ahora, que empezamos a comprender lo fácil que es destruir la seguridad sobre la que descansamos, no me parece del todo inútil recordar aquel periodo. Weimar es una muestra de los peligros que pueden aparecer en un mundo patas arriba, cuando no hay consenso social ni político en ninguna de las cuestiones fundamentales.
«Lo único de lo que estábamos seguros es de que no había nada seguro», decía Ernst Jünger al revivir aquellos agitados años. Precisamente, esa atenazada sensación de inseguridad, así como el temor que dominó la vida política entre 1914 y 1945, eran algo que, en buena medida, los gobiernos europeos habían conseguido borrar del viejo Continente. Hasta ahora. Pues como en las películas donde el monstruo nunca muere del todo, el miedo ha resurgido con una virulencia insospechada: miedo a la incontrolable velocidad de la crisis, a perder el empleo, a quedar atrás en una distribución cada vez más desigual de la riqueza, miedo, sobre todo, a que quienes se hallan en el Gobierno, a que los sonrientes líderes del G20, no tengan, en realidad, ninguna idea de qué está ocurriendo ni de las soluciones efectivas para frenar la recesión.
A pesar de que se ha dicho que los acuerdos de Londres marcan el primer día de la recuperación, no hay razón para creer que la actual crisis global llegue a tocar fondo al final del 2009, como frívolamente ha vaticinado Zapatero. El caleidoscopio de la economía no deja de girar. Cada vuelta es una sorpresa. Y cada vuelta altera el punto de vista de nuestros políticos, que ya se han visto obligados a rectificar sus pomposos comunicados en varias ocasiones. Una cosa es cierta. Los ciudadanos buscan seguridad por encima de todo. Cuando el mundo de la política no les da respuesta, puede producirse el caso de que se alejen de la política, dando la espalda a la democracia. Y la historia del siglo pasado nos ha enseñado que resulta tan fácil destruir. ¡Tan terriblemente fácil!


2.CONSTRUYE UNA METÁFORA VERBAL DE LA SIGUIENTE NOTICIA


El solsticio de verano es fuente alucinógena de ideas sustanciosas casi siempre relacionadas con los sentimientos artísticos. Y qué mayor poder de evocación que el que logra la música, esa pulsión (i)rracional de los corazones más inquietos.
Una inquietud que el ex ministro francés de Cultura, Jack Lang, decidió llevar a la práctica institucionalizando en toda Europa el Día de la Música. Su objetivo era dignificar un arte que a veces se aleja de la Cultura y contaminar acústicamente cada rincón del continente. Así, cada 21 de junio la música toma la palabra y eleva su voz.
Están todos los que son.

También en España, donde organismos oficiales, con el Ministerio de Cultura a la cabeza, empresas privadas como Heineken, promotores, distribuidores y, sobre todo, artistas, dedican todos sus esfuerzos para regalar al público un día repleto de actuaciones, actividades y música, mucha música... gratis, o por amor a la causa, que suena más sufrido. Porque sufrimiento (del positivo, no crean) es lo que han experimentado los organizadores para poner de acuerdo a tantos músicos y de tanta calidad. Un esfuerzo cuya recompensa es ver subidos en un escenario a todos los grupos que, a día de hoy, tienen algo que decir en la escena musical española: Christina Rosenvinge, Vetusta Morla, La Bien Querida, Russian Red, Templeton, Joe Crepúsculo, Cohete, Nudozurdo... y un largo etcétera de acordes sin ningún desacuerdo.

Pero antes de trepar hoy a los múltiples escenarios de Madrid y Barcelona, ABC logró reunir a un nutrido grupo de los protagonistas del Día de la Música para que reflexionaran sobre el estado actual de la industria y el futuro de la misma. Un «consejo de sabios» compuesto por Christina Rosenvinge, Álvaro y Juanma de Vetusta Morla, Urs Hampel de Cohete, Álvaro de Templeton y Leo de Nudo Zurdo. A ellos se unieron dos de los artífices de que este día sea una realidad, Enrique Calabuig y Jorge Obón.

«La música es una necesidad vital», empezó enarbolando Álvaro, «vetusto» de profesión, y a su reclamo se fueron uniendo, uno tras otro, todos los sabios musicales. «Necesitamos la música, es parte de nuestra cultura. Todas las cosas que nos hacen felices acaban relegadas y no podemos permitirlo», se quejaba Leo, de Nudo Zurdo, con vehemencia. Vehemencia que no sólo manifestaron los más jóvenes, sino voces experimentadas y experimentales como la de Christina Rosenvinge, para quien «la música siempre ha sido un sálvese quien pueda. Por eso es necesario un Día de la Música».
Necesidad hecha virtud y palabra, como todas las frases del debate que pasaron por un análisis exquisito del estado de salud de la música en España. Una industria que, según Enrique Calabuig, «tiene una alta temperatura, pero no relacionada con la fiebre de males endémicos, sino debida a la enorme calidad de una generación joven que viene pisando fuerte desde canales alternativos». Esa generación no se limita a dejarse escuchar, sino que tiene una serie de claras reivindicaciones que, a modo de manifiesto, fueron puestas encima del improvisado tapete musical. La adaptación al nuevo modelo (puesto que crisis implica ruptura), un posicionamiento alternativo de las discográficas (tanto Vetusta Morla como Cohete tuvieron que «recurrir a la autoedición como única solución, aunque la ventaja es que esa solución ahora es posible») y, sobre todo, una gestión diferente de los derechos de autor. El malestar hacia el «monopolio» de la SGAE y el mal uso que ésta hace de sus beneficios (algo se mencionó sobre truculentas inversiones en palacios de Boadilla), así como la necesidad de gestores que conozcan realmente el sector, profesionales formados en la Música como materia, la legislación del copyleft o la ausencia de etiquetas fueron los puntos calientes del debate.
Eso sí, ni rastro de la manida crisis. Una crisis que para Leo, el integrante de Nudo Zurdo, «es mental. No existe crisis musical, hay talento a raudales y es agotador que siempre se hable de crisis en la música». Algo en lo que todos coincidieron, así como en el posicionamiento de internet como el canal alternativo (sin caer en el empacho digital, nada de coleccionar canciones) por el que irremediablemente pasa el futuro y que «está quitando cuota de poder a las discográficas». Pero ojo a la nota, como explica Chrsitina Rosenvinge, «indie no es sinónimo de honesto. En España las discográficas independientes ofrecen contratos más abusivos y una primera firma te puede condenar de por vida» (es el caso de Russian Red, cuyo litigio con Eureka, denunciado por la cantante en este periódico, ha hecho correr ríos de tinta).

Un caldo de cultivo muy positivo en el que el artista recupera el poder. Sin olvidar, como puntualiza Álvaro, de Vetusta Morla, que «no vivimos en el país de los Osos Amorosos». Lo hacemos en un territorio sembrado de talento musical, cuya cosecha no ha hecho más que empezar a germinar.




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